Isidro Ferrer: poética de lo cotidiano

Punto alto del más reciente Festival Internacional de Diseño, el diseñador gráfico madrileño es un poeta solitario (valga la redundancia). Un aluvión de objetos y palabras. Un aluvión con sonrisa y sombrero.

Nota original, aquí

Por: Randall Zúñiga, periodista | Retratos: Osvaldo Quesada | Fotografías de obra: cortesía del diseñador y el FID

Al recibir el Premio Nacional de Diseño 2002 en España, Isidro Ferrer rompió el protocolo y tomó la palabra al final de la entrega para leer un fragmento del libro de poemas antibélicos “Garra de guerra”, de Gloria Fuertes. Era 8 de abril del 2003 y Estados Unidos, con el apoyo de España, Costa Rica y otros países, iniciaría un día después la ofensiva militar contra el pueblo de Irak.

“Hay que decir lo que hay que decir pronto, de pronto, visceral del tronco, con las menos palabras posibles, que sean posibles los imposibles, hay que hablar poco y decir mucho, hay que hacer mucho y que nos parezca poco, arrancar el gatillo a las armas, por ejemplo”, dijo.

Tras los aplausos -que incluyeron las palmas del rey Juan Carlos- aseguró a la prensa que aquella ofensiva era un suceso “injusto, ilegal, tiránico y de interés comercial, no humanitario”.

Entre el público, con rótulos de “No a la guerra”, estaba su colega Javier Mariscal, icónico diseñador barcelonés.

La acción podría pasar por anecdótica nomás, pero en la obra de Isidro Ferrer las grandes faenas se nutren, luminosamente, de pequeñas y poéticas acciones y cosas, pequeñas victorias de la belleza por sobre ese lado injusto, ilegal y tiránico del mundo: un nudo en la madera, un juguete deslucido, un chiste sobre la calvicie, su sombrero.


¿Huís deliberadamente de la ciudad o es casualidad?

Digamos que hay un componente de casualidad y un componente de intencionalidad. Finalmente se ha convertido en una necesidad y una impronta. Yo deseo vivir ahí en Huesca.  

¿Qué te motiva?

El tiempo y el espacio. Yo soy dueño de mi propio tiempo, y en un terreno en el que puedo moverme con libertad, puedo gestionar todas las cosas que hago solo en función de mis propios intereses, y no en función de agentes externos como el tráfico; todas aquellas diligencias que uno tenga que hacer a lo algo del día que te roban una cantidad de tiempo, como los compromisos laborales.  En una ciudad como Huesca, mis clientes no vienen a verme. Sólo me comunico con ellos a través del teléfono, del ordenador y respetan mi espacio, mis tiempos. Por lo cual el tiempo de trabajo es un tiempo real de aprovechamiento.

¿Eso beneficia directamente el producto final?

Eso me beneficia directamente a mí (risas). El producto final… no tengo la menor idea. Puedo pensar que sí, pero es un pensamiento totalmente vanidoso. A quien beneficia es a mí y a mi salud mental.

Pero viviste mucho tiempo en la ciudad.

Sí. Viví en Barcelona, viví en Valencia, viví en Zaragoza, viví en París. Pero de esta manera llevo 18 años ya.

¿Hubo un momento de quiebre?

Hubo un punto crítico y emocionalmente duro en el que yo necesitaba escapar de la ciudad, un pequeño drama con la profesión, la percepción de la profesión y de mí mismo dentro de esa profesión, y necesitaba generar un espacio de silencio, un territorio en donde no fuera tan vulnerable. O fuera vulnerable de una manera distinta.

¿Que pudieras controlar esa vulnerabilidad?

Sí, ser dueño de esa vulnerabilidad.

Ferrer escapó hace 18 años de su natal Madrid y también de Barcelona, Valencia, Zaragoza y París, para asentarse, como un refugiado, en la rural Huesca. Allí anda en bicicleta, no tiene teléfono celular y cuando no puede dormir sale a caminar por los campos de cultivo de sus vecinos. Un accidente de tránsito había truncado su carrera como actor de teatro y lo recluyó en su casa durante meses, acompañado de cosas y cuadernos en blanco tiritando de ansias. Y empezó o, mejor dicho, continuó dibujando: no había parado desde niño de juguetear con formas, volúmenes, texturas, sombra, luz, dibujos, fotografías, objetos preexistentes o creados para la ocasión; y redirigió su vida hacia la zona voluble, etérea y solitaria del diseño gráfico y editorial. En su caso, particular poeta y clown, particularmente solitaria y voluble.

Trabaja solo, allí en Huesca, muy al norte de España, en la zona de Los Pirineos, sin tomar más trabajo del que puede y le apetece hacer. Recurre a mercados buscando cosas, chunches, tiliches, objetos con que traducir los encargos de un cartel para una temporada de teatro o un libro ilustrado de poesía o juegos infantiles. Entre sus obras favoritas, por ejemplo, están las realizadas para el Centro Dramático Nacional, el cartel En la frontera y las ilustraciones para El libro de las preguntas, del Nobel chileno Pablo Neruda. Además, en el 2006 recibió el Premio Nacional a las Mejores Ilustraciones Infantiles y Juveniles (por el libro Una casa para el abuelo).


En su obra, la metáfora y la resignificación alcanzan alto vuelo, lírico trasfondo que entremezcla palabra y objeto, emotivo sentido, poético desenlace.

Cuando Isidro diseña se atisba su formación como escenógrafo.

Cuando habla, su formación en arte dramático.

Cuando mira y escucha, al lector de poesía.

Relaciones, significados, metáforas

 

  • El Principito: Ingenuidad
  • Quino: Profunda mordacidad
  • Irak: Crueldad
  • Surrealismo: El campo magnético de lo onírico
  • La bicicleta: Pura satisfacción
  • Los teléfonos celulares: No tengo ni idea, no tengo, no sé lo que es… Te diría: una necesidad creada.
  • La poesía: Una necesidad real.

¿Cuál es el déficit mayor en la enseñanza del diseño, en cualquiera de sus ramas?

El déficit reflexivo. El generar instrumentos válidos para establecer, con un criterio argumentado, la reflexión. Y esto tiene que ver con la crítica, con la autocrítica, mirar desde fuera la propia profesión y tener una mirada un poco desplazada. 

Pero de todas maneras, creo que la formación es a un nivel muy mecánico. Y luego, cada uno, en función de sus propios intereses, va a construir su propia identidad, autoformándose, una formación constante a largo plazo. Con lo cual hay distintas metodologías de aproximación a la profesión, algunos con  mejores resultados que otros, pero también está en función del individuo y sus intereses. Finalmente es el individuo el que decide su propio destino.

Entonces, ¿existe una endogamia dentro del gremio que no permite que el diseño permee al resto de la sociedad?

Efectivamente. Pero hay una endogamia en todos los ámbitos profesionales, herméticos,  cerrados. Los médicos son endogámicos, los futbolistas también, los diseñadores, los actores y los zapateros. Eso tiene que ver con la obsesión en los procesos que son propios de cada una de las materias. Pero la del diseñador debería ser una formación mucho más plural, más flexible, en la que hubiese constante flujo de tensiones que vienen de otros ámbitos, desde la música, la filosofía, el teatro, la literatura, la ciencia. Nosotros tenemos que solucionar, utilizando la imagen, problemas muy diversos, con características muy distintas. Tenemos que tener una mirada muy abierta, muy flexible, muy amplia, para poder desplazarnos de lugar constantemente.


La formación en artes escénicas, ¿qué te ha ofrecido en el diseño gráfico y editorial?

Eso, una mirada diferente. Ese pozo fundamental, esa información relegada al territorio del subconsciente ha salido poco a poco, materializándose en distintas maneras. Pero no solamente el teatro: toda mi experiencia vital y todos mis intereses: la ilustración, la poesía, la literatura, la música, el cine, la imagen, la fotografía.  Todo eso hace que haya una tensión constante y una desubicación constante de lo que es el centro neurálgico de  atención.

De niños todos dibujamos y de repente dejamos de hacerlo aquellos que consideramos que lo hacemos “mal”. Vos, antes de dedicarte al diseño, estudiaste artes escénicas, pero ¿de niño dibujabas?

Yo siempre dibujé y además siempre lo hice de una manera muy “pulsional”, muy emocional. El dibujo me ha acompañado toda la vida, no me ha abandonado jamás, ni siquiera cuando estudiaba artes escénicas, siempre estuvo bien presente. Con un valor u otro, ha ido cambiando de territorio, pero el dibujo siempre ha estado. De hecho me sigue acompañando en mis cuadernos de viaje, en mis cuadernos de bitácora, en los procesos habituales de reflexión en el estudio. El  dibujo es un lenguaje, es como escribir. A nadie se le dice que no sabe escribir. Todos sabemos escribir. Sabemos escribir mejor o peor, la literatura es otra cosa. En cambio, ese olvido del dibujo tiene que ver con cómo nos han enseñado a percibir el dibujo. Desde la destreza, desde el efectismo de la aproximación a la realidad. Pero el dibujo no es eso. El dibujo es una expresión natural del ser humano. Todos, absolutamente  todos, tenemos esa capacidad innata de poder expresarnos a través del dibujo.

 

  Hay un claro ludismo en tu trabajo. Y hay referencias claras hacia la poesía, incluyendo “El libro de las preguntas”, de Pablo Neruda, que ilustraste. ¿Qué influencia tiene Neruda y la poesía dentro de tu obra?

  La poesía mucha, Neruda menos. Neruda entra en mi vida cuando me encargan “El libro de las preguntas”. Yo tenía una  visión muy estereotipada de Neruda. Había leído “Veinte poemas de amor” y muy  poquito más, eh. Y es a partir de ese encargo cuando me introduzco en la poesía nerudiana y encuentro cosas que me emocionan profundamente y otras que me emocionan menos. Lógicamente, como en todos los ámbitos poéticos o de información. Pero lo que me gusta de Neruda es la cotidianidad, cómo trabaja sobre lo pequeño, sobre lo ínfimo.

  Las cosas.

  Las cosas, sí. Y ese afán coleccionista que tiene. Él amaba las cosas por sobre todas las cosas. Ese amor por  lo objetual, por lo cotidiano, por lo que nos rodea, por el producto de la destreza humana, que no tiene que ver con la obra de arte: tiene que  ver con la capacidad del ser humano de trasladar la funcionalidad emocionada al objeto. Ese mundo objetual me parece tremendamente sugerente y poético. Y ahí está, en Neruda. Y está en otros poetas: está en Lorca, de una manera distinta. Está en Pessoa. Pero Neruda lo agarra muy bien, lo estrecha, lo circunscribe a un territorio muy concreto.

  ¿Y tenés algo de eso? ¿De acumulador que se la pasa recolectando cosas?

  Sin llegar a tener un síndrome de Diógenes ni mucho menos.  No es que sea acumulativo, pero me gustan las cosas, los objetos, los materiales, el tacto, la fisicidad de lo que me rodea. Esas características “matéricas” que son expresiones de belleza en lo pequeño… los nudos de la madera. Puede parecer muy imbécil ¿no?, muy estúpido. Esa construcción siempre diferente  de las piedras o del paisaje. Me parece profundamente hermoso, y todos venimos de allí.

También me parece hermoso un Ferrari, eh, que es la materialización extrema de la ciencia y la tecnología con una visión artística. Pero yo en el Ferrari no puedo intervenir. Puedo percibir la belleza pero no puedo sentirme integrado, partícipe de ella. En cambio con la naturaleza me siento partícipe, y con aquellos productos derivados de alguna forma de la naturaleza me siento hermanado, me siento próximo. 


  ¿Cómo hacés ese reclutamiento: vas a galerías, tiendas, botaderos, rejuntás de la calle?

  De todo. Cuando viajo, lo que más me gusta son los mercados más que los museos y las galerías de arte. Y en el mercado se encuentran cosas impresionantes, hermosísimas. Aquí en el mercado de San José he encontrado algunas cosas hechas por artesanos que son verdaderamente bellísimas. Hay unos camioncitos que son preciosos, con unos colores… que los podría haber hecho (Piet) Mondrian. Y están ahí, producto de una persona que no sabrá quién es Mondrian, seguramente, pero que tiene una sensibilidad a la hora de crear eso, que trabaja con la forma  de una manera muy pura y muy ingenua. Eso me emociona.

También acudo a los rastros, aquellos lugares donde hay todo ese tipo de chamarilería y elementos de desecho. Y paseo por las calles.

  ¿Y cómo se integran esas cosas a tu obra?

  La encarnación viene a posteriori. Todo es una mezcla que viene de distintos lugares. Cuando me sitúo frente a un encargo, busco la manera para solucionar el problema que se aproxime más argumentalmente a lo que yo entiendo como válido. Muchas veces trabajo desde la palabra, desde el sentido etimológico de la palabra, y la palabra me conduce al objeto. El objeto, simbólicamente, siempre está unido a la palabra. Y a partir de ahí establezco relaciones, significados, relaciones metafóricas.

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